Derroche de actitud y elegancia para cerrar el año con M-Clan en Madrid

Tras un puñado de conciertos por diferentes puntos de la geografía española, la gira Arenas movedizas vivió este sábado una de sus grandes noches junto a un gélido río Manzanares, sin duda empeñado en que la concurrencia entrara cuanto antes al local y comenzara a consumir cantidades ingentes de alcohol de quemar para combatir la inminente congelación. Nada nuevo bajo la luna criogenizada de un 29 de diciembre que busca calor de hogar al abrigo del rock, el blues, el soul y, claro, también, el pop de M-Clan. “Este es el mejor momento de manos arriba de todo el concierto”, mintió sin parar varias veces Tarque, Carlos Tarque, adorable anfitrión de una noche loca de rock, eh, como nunca imaginamos que eso alguna vez pudiera ser.

“Para que ella no te encuentre, para no volverla a ver”, doliente estribillo con el que lanzarse a aquella vida de mentira que soñaste, pero llega el nuevo año y el vocalista de turno tiene ganas de olvidar casi tanto como tu, de modo que canta, baila, danza sobre Arenas movedizas que en realidad no lo son, patalea sobre rocanroles del siglo XXI más robustos de lo que pareciera. Demonios, esto es una fiesta pagana en la que está por concretar el motivo de la celebración, si bien todo parece apuntar a que Carlos Tarque tiene buena parte de la bendita culpa.

Entrando en materia, edifiquemos polémica al afirmar que Arenas Movedizas supone cierto estancamiento compositivo en esta segunda juventud de M-Clan, iniciada con aquel Memorias de un espantapájaros en 2008 y reafirmada dos años después con su giro al soul en el aclamado Para no ver el final. Tres trabajos por tanto con la clara intención de poner tierra de por medio con aquellos pantanosos años de peligrosos coqueteos con el pop radioformulable y destino a ninguna parte. Pero por fortuna o por desgracia los años pasan y aquella banda que en todas partes sonaba como música de fondo durante el cambio de siglo exhibe (no sin cambios de miembros) ahora una salud envidiable y una madurez a prueba de facilonas y suculentas tentaciones, siempre dudosas.

Lo que importa al final del día es que el personal quiere rockear, quiere lubricar. En ese punto concreto aparecen los Guasones para caldear el ambiente a traición para un público tan rockero como casual que razonablemente abarrota el lugar, con fichajes argentinos al reclamo de una banda ‘stoniana’ de manual con un líder empeñado en ser Keith Richards y moverse ‘like Jagger’. Notable papel como artistas invitados, muy celebrado entre las primeras filas de concurrencia irrefrenable, que nunca falte esa hilera loca, porque tecuperando el hilo argumental, nos encontramos con toneladas de algo parecido al rock con el que la gente disfruta achinando los ojos y apretando los dientes.

Arrancamos después con ‘los Murciálagos’ con Arenas Movedizas y ese Miguel Rioísmo de mi vida que es Rock n Roll del siglo XXI. Los malos tiempos para la lírica económica obligan a apretarse la hebilla del cinturón y a dejarse la siempre resultona sección de metales en casa, lo cual no es una mala noticia en realidad pues otorga más protagonismo a las guitarras inequívocamente poderosas de Ruipérez y el siempre eficaz Prisco. Junto a ellos, una escuadra de mosqueteros que defiende su sólido repertorio con una solvencia incontestable, apoyándose ciegamente en las robustas columnas sónicas, jónicas, dóricas y corintias levantadas por Iván González desde el bajo y Coki Giménez con los pies y las baquetas. Y ya está, porque tampoco hay en esta gira teclados, algo que también redunda en un latido más primitivo y pendenciero.

Y al frente de todo esto Carlos Tarque, un cantante que destaca como si no costara, que incluso gana con la edad y que, ahora, cortada la melena y luciendo orgulloso no pocas canas, dispone de una garganta irrefrenable, diferente debido al paso de los años porque ya se sabe que los gaznates privilegiados rascan mejor, mamá, cuanto más humo y más alcohol albergan. Tan lustroso retumba el gañote del chileno (antes que murciano) que incluso podría salir al escenario él solo y ofrecer conciertos de dos horas con el único acompañamiento de las palmas palmitas del respetable, pero no, por suerte no, por suerte hay banda, hay partido, hay esperanza en el (rocanrol del) siglo XXI.

Antes sonó el recuerdo al glorioso pasado con Perdido en la ciudad, reafirmado con esos minutos para la locura del karaoke masivo de pelos de punta proporcionados con Maggie despierta y Llamando a la tierra, amigos nuestros, derroche coral en el enésimo “mejor momento de manos arriba del concierto”, ciertamente el lugar está enloquecido en este punto, los vértigos auditivos están a la orden del momento y, justo es decirlo, mereceríamos todos estar en un estadio con muchos más miles de incondicionales. Pero una cosa quede clara, la cantidad no define la calidad, aunque mola.

Roto por dentro, Noche de aullidos y Ritual con un loco solo de armónica incluido, así fluye el recital hasta Las Calles Están Ardiendo, que atesora una referencia definitiva al No Quarter de Led Zeppelín, amigos, justo antes del delirio ya mencionado de Maggie la díscola, Para decirte adiós en una calle sin luz, con ese Nadie se acordará de ti que lleva dentro el Pongamos que hablo de Madrid y el Hallellujah de aquel chaval que se pasó de frenada. “Viva Madrid, hostiaaa””, espetó el vocalista fuera de sus casillas sin duda encantado del panorama.

“¿Que queréis, que toquemos Carolina? Que vosotros habéis pagado la entrada, eh”. Y la gente grita gol pero no un gol normal, sino el Iniesta de mi vida, de esos que ganan un Mundial y otorgan razones inequívocas. La versión guitarrera de la dulce niña convence y hasta el del ropero disloca sus caderas involuntariamente regalando fichas, pobre. Asi las cosas, medio Madrid retumba mientras La Riviera se agrieta sin que los presentes sean conscientes de lo cerca que del desastre están. Pop mayúsculo musculoso con estribillos para nunca olvidar lo acontecido, lo vivido, lo sufrido con Miedo (la intensa cima compositiva de M-Clan), y claramente el gentío disfruta de una manera que con palabras explicarse no puede. El populacho vive el rock de una forma que es como para babear como un par de niños de tres meses. A pares, a tope.

Y es que tras dos décadas de trayectoria lo que hoy por hoy ofrece M-Clan es un espectáculo de alto voltaje basado en el carisma y el talento de un vocalista movedizo arenoso, rasgado y descarado como nadie, que se apoya en una banda que pisa tierra firme con consistencia, para ofrecer en equipo un buen puñado de estribillos corales absolutamente disfrutables, todo ello presentado como un regalo de dos horas deliberadamente clásico en el que cabe lo mejor de la tradición del rock, el blues y el soul de los setenta, sin renegar de la frescura que siempre aporta la música pop. “Este es el mejor momento de manos arriba del concierto. Feliz Año Nuevo, Madrid portaos bien, ¡hostia!”.

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