REGRESO DE UN GRUPO DE BANDERA Red Hot Chili Peppers afilan su funk-rock en el Sant Jordi

Con REM en el panteón, Pearl Jam tambaleándose y Smashing Pumpkins convertidos en banda de clubs, resulta que Red Hot Chili Peppers se han convertido en el valor más duradero y compartido del rock americano de los 90. Pese a sus largos silencios y fisuras internas, el grupo californiano aguanta el tipo y tiene un público que cierra filas cada vez que chasquea los dedos. Última demostración, anoche en un Sant Jordi con las entradas agotadas.

El estereotipo que identifica al grupo, la canción gimnástica con estribillo cacofónico que te explota en la cara, puede servir para explicar una parte de los sucedido anoche. Hubo funk-rock, incluso funk-metal, y esas canciones levantadas sobre robustos andamios rítmicos. Pero en su nuevo disco, I’m with you, la banda se aventura en patrones sonoros y rítmicos distintos que, noche, sofisticaron un poco la sesión.El arranque del concierto fue heterodoxo: un minisolo de batería de Chad Smith al que se unió el nuevo guitarrista, Josh Klinghoffer. La puerta de acceso a Monarchy of roses, una pieza nueva, que cabalgó sobre un sorprendente ritmo disco-rock

NUEVO GRUMETE / La presencia de Klinghoffer era uno de los cabos sueltos de la noche, y aunque el recuerdo de John Frusciante no se disipó en el Sant Jordi, el nuevo fichaje estuvo a la altura, si bien exhibiendo más técnica y menos músculo que el titular original. Se notaba que había colaborado con la banda años atrás y que su familiaridad con el repertorio y el espíritu del grupo era absoluta. No tuvo grandes momentos de lucimiento individual, pero la banda explotó su visible compenetración con él en los frecuentes momentos de improvisación que remataron muchas de las canciones.

Los californianos actuaron, como es costumbre, en un escenario despojado de aditivos, algo así como el extremo opuesto del show, 24 horas antes, de Rihanna en el mismo local. Tablas desnudas, equipo de sonido colgado del techo y apoyo de las pantallas de vídeo y de unos paneles luminosos. Como adjunto intermitente, el percusionista brasileño Mauro Refosco, habitual de David Byrne. Anthony Kiedis no es hombre de monólogos y saludó con un preciso «Buenas noches, Barcelona, mucho amor», en castellano, y como seguidor a la NBA que debe de ser, añadió: «¡Gracias por Pau Gasol!».

Red Hot Chili Peppers no es de los grupos que trabaja con un guión inamovible, sino que renueva una buena parte de su repertorio cada noche. En el Sant Jordi tuvieron su momento de fama Tell me baby, Otherside, Can’t stop, y piezas del nuevo disco como Look around y The adventures of rain dance Maggie, esta con una cita previa a The house of rising sun, el clásico que adaptaron The Animals.

El patrón funk-rock dominante en el grupo desde el sonado Blood sugar sex magic. Más rock que funk, claro: los días en que ejercían de pupilos de George Clinton quedan lejos. El punto de inflexión llegó con Under the bridge, secundada por el público a pleno pulmón. Siguieron la enrockecida Higher ground, de Stevie Wonder, que hicieron suya en el fundamental álbum Mother’s milk (1989), seguida de Californication y By the way.

Los bises comenzaron con otro solo de batería que condujo a una jam en la que Kiedis aprovechó para hacer el pino. No sonaron Breaking the girl ni Suck my kiss, pero sí Around the world y, tras un estrepitoso bajón con Meet me in the corner, un Give it away dilatado con otra jam, esta con toques de dub. La quinta visita del grupo (que se estrenó en 1995 en el Palau d’Esports, ¡con Moby y The Flaming Lips!) retrató a un clásico moderno que no renueva su discurso pero mantiene la piel tersa.

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