Y Rock in Rio honró su nombre

Rodeados de una seguridad extrema, tanto que por el backstage colgaban sus caras para que nadie del personal tuviera la mínima duda de a quién se enfrentaba, Red Hot Chili Peppers ha clausurado Rock in Rio Madrid ante 55.000 personas esta noche de sábado. La banda de rock y funk californiano ha ofrecido casi dos horas de concierto (empezaron 10 minutos tarde y se fueron 10 minutos antes) en una coctelera con los nuevos temas de I’m with you, su décimo álbum de estudio después de cinco años de silencio, publicado el agosto pasado, y los sempiternos Californication o Under the bridge.

“Nosotros tenemos amor para todos esta noche”, gritó Flea, el bajista, una vez descontracturado tras un aparatoso asalto al escenario. Durante más de cinco minutos tocó las cuatro cuerdas boca abajo. Empezaba el ejercicio. Su compañero al micrófono, Anthony Kiedis, con el que lleva en esto desde 1983, apareció con su habitual chaqué y pantalón de traje fusilado en una pierna, disfraz del que se fue deshaciendo salto a salto a medida que avanzaba el concierto. La banda ha recuperado parte de su sonido de los ochenta en la canción que da nombre al álbum; se ha atrevido con una mezcla de Black Sabbath y Michael Jackson en Monarchy of roses; y ha explotado la fórmula del punk de zapatillas enormes y calcetines blancos en The adventures of rain dance maggie.

En sus dos horas de concierto, la banda californiana supo dosificar sus éxitos
De esto último sabe mucho Josh Klinghoffer, el sustituto a la guitarra de John Frusciante, alma de Red Hot Chili Peppers que abandonó el grupo en 2009. Klinghofeer, con 31 años, es un bebé comparado con los 50 que aguanta el salvaje de Flea, pero no se achanta. Durante las dos horas que duró el recital le dio la vez en cada brinco, espasmo y equilibrismo. Aunque también hubo tiempo para canciones menos espasmódicas como Look around, la canción por la que Kiedis luchó para que el disco saliera adelante y, así, poder tocarla en directo, tras dos años en barbecho tras el aclamado Stadium Arcadium.

Solo hacía falta un acorde para que el público, una mayoría vestido con las camisetas de su banda favorita, entrara en éxtasis, sobre todo si se trataba de sus clásicos. Las novedades fueron bien recibidas, pero los de California manejan muy bien los tiempos y fueron dosificando sus perlas hasta terminar con Give it away.

Justo antes de que empezaran los brincos, el hombre que enamoró a unas cuantas féminas a principios de los noventa, es decir Brandon Boyd, y su banda Incubus interpretaron una versión que por momentos recordó aquella época en la que se situaron en el nu-metal como parte de una escena que compartía giras y artículos con System of a Down, Primus o Papa Roach. Entre moribundo y espídico, Boyd combinó temas de su nuevo trabajo If not now, when?, como Adolescents, con los que se hicieron conocidos, tipo Megalomaniac.

Justo antes, Brandon Boyd y su grupo resucitaron su mejor ‘nu-metal’
“Cualquier banda que es capaz de unir determinados elementos en un cóctel no necesita ningún aliciente más para darse cuenta de que el brebaje que acaba de servir es especial”, afirmaba con la calma de un budista y la rotundidad de un sabio Hütz en su camerino, momentos antes de que comenzase su espectáculo. La banda Gogol Bordello, que lidera Eugene Hütz, tuvo la habilidad de que la vida de miles de personas fuera un poco más feliz a base de una farra de punk cíngaro y balcánico, de la que, por cierto, empiezan a renegar. A Hütz los trajes le aprietan en exceso y ha concluido que el punk, folk, rock, ska y dub que le persiguen no le merecen, así que prepara ya nuevo material “muy rock and roll”. Este instigador de masas tuvo que emigrar de Ucrania en 1986 como consecuencia del terrible accidente en la central nuclear de Chernóbyl. Después de pasar un tiempo como refugiado en Polonia, Hungría, Austria e Italia rescató a un puñado de músicos de diferentes partes del mundo tras llegar a Nueva York y desde entonces —con la ayuda de sus sugerentes coristas— aporrean endiabladamente sus instrumentos en una danza enfebrecida sin escapatoria de la que dieron muestra sobre el escenario Mundo. “Es como el kung-fú o el karate. No es algo obvio para la mayoría, pero los roqueros de verdad, no los de la MTV, estoy hablando de tipos como Lou Red e Iggy, poseen unos superpoderes que les permiten comunicar sus vibraciones, lo que los modernos denominan talento”, contaba el cantante.
Se acaban cuatro días de música con la duda de si la edición madrileña de Rock in Rio volverá a apellidarse así o su encomienda a la electrónica ha hecho algo más que mella. El festival se ha consagrado a la versión más comercial del género consagrando todos sus esfuerzos en una lucha encarnizada contra la crisis con estrellas como el dj francés David Guetta, el británico Carl Cox —sustituto de última hora de Rihanna— y Pitbull. En el horizonte, las citas de Buenos Aires y Río de Janeiro, pero antes de cruzar el Atlántico la despedida en Arganda del Rey retomó el pulso de la cita. Unas 55.000 personas acudieron a la última vigilia. El censo total asciende a 183.000 almas a frente a las 220.000 que asistieron hace dos años.

Puede que los grupos del cierre de Rock in Rio no respondan a la definición clásica del rock, pero tras tres días de cantaditas y maratones de pop en español, la versión punk de Keidis y sus pimientos; la fusión de Brandon Boyd y la fiesta gitana del ucranio Eugene Hütz se convirtieron en lo más parecido al último halito del género en la gran explanada de césped artificial que despliega Rock in Rio en las afueras de Madrid.

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